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Anàlisis de Situaciòn
Escrito por Director   
Lunes, 10 de Junio de 2019 10:16

El costo de la alta inflaciòn y las tasas reales positivas

 La combinación de recesión con inflación crónica y tasas de interés en alza hace prever un escenario difícil y de resultado incierto que podría desembocar en una situación caótica.


Hay tres tipos de proceso inflacionario. En un régimen de baja inflación a nadie le importan los registros del Indec. Se firman contratos contemplando una suave tendencia al alza. Bajo un régimen de inflación crónica, la economía se ha acostumbrado a tasas elevadas de inflación, porque ésta ha perdurado en el tiempo. Los aumentos no pueden ignorarse y se reflejan, formal o informalmente, en mecanismos de actualización de contratos en base a la inflación pasada. Este proceso es muy de- sordenado y genera una gran variabilidad en los precios relativos, porque los contratos se firman en distintos momentos del año. 

Si por algún shock la inflación se acelera, el país se torna invivible. La reacción lógica del público es, o bien pedir aumentos salariales para recomponer fuertemente el poder de compra en el momento de la actualización, o bien acortar la periodicidad con la que se negocian los contratos. Las autoridades suelen ceder, dada la pérdida de poder adquisitivo. Pero el acortamiento no es gratis: tiende a elevar por sí mismo la tasa de inflación, a menos que alguna parte se resigne y modere el ritmo de aumentos. Si el acortamiento del período de negociación se generaliza y repite, los contratos se negociarán cada vez con mayor frecuencia. Tras el shock petrolero durante los setenta Brasil, que ajustaba los salarios una vez cada dos años, pasó a ajustarlos primero una vez por año y luego una vez cada seis meses. Mientras tanto, la inflación trepaba del 20-25 al 40-50 por ciento anual y luego llegaba a los tres dígitos.

En el extremo, si los contratos se ajustan una vez por mes o incluso menos, ya no hay índice de precios que esté disponible con suficiente periodicidad y emergen mecanismos de coordinación alternativos. El ejemplo clásico es la utilización de la cotización del dólar como referencia para fijar precios. Cuando esto ocurre, la economía está al borde de una hiperinflación, lo cual ocurre cuando el tipo de cambio se dispara descontroladamente. Una ventaja inesperada es que los precios se sincronizan naturalmente, pues todos ellos se fijan con mucha regularidad. Se torna factible una estabilización relativamente rápida y menos dolorosa, típicamente fijando el tipo de cambio de forma creíble y persistente. 

Parar una inflación crónica suele ser más delicado y casi por definición, suele ser un proceso gradual. De cualquier forma, la estabilización, sea de una híper o de un proceso de inflación crónica, suele requerir una combinación de medidas fiscales y monetarias restrictivas con políticas de ingresos. Las políticas de ingresos son esenciales para coordinar la toma de decisiones, con el fin de que las variables nominales frenen su ritmo de crecimiento rápidamente sin provocar graves perjuicios sobre la salud de la economía. Salarios, tipo de cambio, precios y tarifas vienen creciendo a un cierto ritmo. Alguien tiene que ser el primero en ceder. Se requiere alguna combinación de consenso y disciplinamiento. 

En nuestro país el consenso no abunda. La disciplina a menudo viene de la mano del miedo a que ocurra una catástrofe. La sociedad estaba tan aterrada por los efectos devastadores de la hiperinflación, que aceptó casi sin chistar las reformas estructurales de los noventa. 

¿En qué consiste la disciplina? En medidas que limiten el poder de los distintos sectores de actualizar las variables nominales libremente. Ejemplos: la apertura comercial, la contracción fiscal o políticas que caen sobre los sindicatos le ponen un techo a los salarios y los precios. Controlar las tarifas y el tipo de cambio trae cierto alivio y por eso es importante que estos precios empiecen con un cierto colchón. Generalmente se los ajusta antes de arrancar el plan porque luego se suelen retrasar. También es fundamental contar con un contexto favorable. Por ejemplo, se necesita una cierta afluencia de divisas para que no se escape el tipo de cambio y es importante que la economía se recupere, para que de este modo la productividad aumente. Esto posibilita contener los precios sin que caigan los salarios reales o las ganancias de las empresas.

Así de duras suelen ser las políticas que bajan la inflación. Lamentablemente no hay garantías de éxito. Pero así no se puede seguir. Con la mochila de la deuda externa, el estancamiento casi crónico y la poca inclinación que nuestro país tiene hacia los consensos, todo indica que la inflación, si baja, lo hará a los tumbos.

* Economista.


El costo financiero

Por Leandro Mora Alfonsín *

 

La tasa no puede bajar. El plan de estabilización con control de agregados monetarios post corrida se sustenta en el arbitraje de una tasa supuestamente endógena que nunca logró bajar. Promedia el 70 por ciento para intentar disuadir a los ahorristas de dolarizar posiciones. También pretende morigerar la inflación.

Los objetivos des-inflacionarios se demoraron, sin embargo, más de lo previsto y los episodios de zozobra cambiaria siguen latentes y frenan una baja en la tasa. En la lógica “modo avión” con que Cambiemos encara la conducción económica hasta octubre, cualquier disminución de la tasa podría estimular la dolarización, poniendo presión al precio del dólar y redundando en mayor inflación por el canal cambiario. 

La cura de espanto del dogma monetarista en la comprensión del fenómeno inflacionario tiene sus costos. La tasa inflexible es uno. Mientras es un buen negocio para quien pueda aprovecharlo, el costo de financiamiento es comprometedor para las empresas, en especial las pymes.

Hoy una empresa que quiere descontar un cheque diferido enfrenta una tasa en torno al 65 por ciento. La tasa para cheques avalados a 30 días se ubica cerca del 45 por ciento. ¿Por qué es importante para una pyme descontar? Porque necesitan afrontar a menor plazo que lo que cobran, el pago de salarios, proveedores y otros gastos fijos. Una tasa sostenidamente elevada compromete el funcionamiento operativo de las empresas, apretando la cadena de pagos.

El estrangulamiento financiero puede observarse en datos recientes. El crédito pyme bancario representó en marzo el 17,4 por ciento del crédito al sector privado no financiero, y en términos reales el crédito pyme cayó 22,4 por ciento interanual. 

En un contexto al que además de lo financiero se suma una fuerte caída de la actividad por baja del consumo, para superar las rigideces financieras las empresas pueden optar por liquidar sus stocks a precios por debajo de una mínima rentabilidad. Esta opción puede servir para cubrir agujeros financieros de corto plazo, pero luego impacta en suspensiones y despidos.

Para atravesar este escenario, el 28 de febrero el presidente Mauricio Macri y el ministro de Trabajo y Producción, Dante Sica, anunciaron el lanzamiento de una línea para descuento de cheques con tasas subsidiadas (29 por ciento en bancos públicos y 32 por ciento en privados). Su objetivo era descomprimir la tensión financiera PyME mientras se acomodaba la tasa de mercado. Emulaba, a pequeña escala, la Línea de Crédito de Inversión Productiva (LCIP) que regía pre 2016. No obstante, se presentaron problemas para que la línea sea aprovechada por las pymes que más lo necesitaban. 

Por un lado, los bancos exigían condiciones de reciprocidad o adquisición de productos que dejaba afuera a las empresas con menores espaldas, al tiempo que otros bancos solicitaban esquemas del tipo “3x1”: si querías descontar un cheque a tasa subsidiada, tenías que descontar otros tres a tasa de mercado. El 10 de mayo se terminaron de agotar los fondos del programa, pensado para que dure hasta el 30 de junio. Una vez finalizado, no hubo indicios de renovación a pesar de que la tasa de mercado sigue en 70 por ciento y la actividad planchada.

La otra pata de la tasa alta es el costo financiero a la hora de consumir. El alto nivel de la tasa de interés también juega un papel preponderante, más cuando se observa que el 35 por ciento de las ventas en supermercados (que cayeron 14,5 en marzo) es con tarjetas de crédito, cuyos planes de financiación son cada vez más costosos y, en la ecuación familiar, tomar deuda de tarjeta para gastos corrientes (alimentos) de supermercado constituye una potencial bola de nieve. 

Atentos a esto, desde el gobierno anunciaron la baja de 25 puntos de la tasa de Ahora 12 y sus derivados para estimular el consumo de durables. Con este cambio (válido solo para tarjetas bancarias), se estima que se inyecta un estímulo en torno a los 14.000 millones de facturación mensual hasta el 31 de diciembre. No obstante, el desafío de estos estímulos es que no se queden en el mero parche. Solo para comparar, la suba de un punto del salario real impactaría en un estimado de 90.000 millones. 

Ya sea por el lado de la oferta o por el lado de la demanda, el nivel actual de tasas compromete la actividad y no es del todo efectiva para que la estabilización entierre las fragilidades expuestas de nuestra economía. Un nivel de tasa de entre 15 y 20 puntos por encima de la inflación, favorece los negocios financieros y las colocaciones a corto plazo, pero limita las posibilidades de capital de trabajo de las empresas y, ni hablar, de las oportunidades de inversión real.

* Economista - Docente UBA, UCES y UNGS.